
Estoy realizando algunas pruebas para volver...
Cierto domingo, un congresista salió a almorzar. Como iba tarde o no conocía bien la ruta, se metió por la carrera indebida. Le tocó aguantar trancón, semáforos y retraso. Seguramente se vio obligado a cambiar de restaurante porque no encontró sillas vacías en su preferido, a causa de la demora. Como la comida y el mal genio no son buen maridaje, tal vez la familia se disgustó y no disfrutó del paseo dominguero. Así que, como todo buen congresista, buscó culpables externos, pues el es inocente, por supuesto. No tenía responsabilidad en lo que pasó. Y se le encendió una bombilla sobre su cabeza. ¡Claro la Ciclovía! De inmediato convenció a su familia que la culpable era la ciclovía que por eso no había vías los domingos, de ahí los trancones y retrasos. Y entonces emitió una solución salomónica: someter a la deliberación del congreso un proyecto de ley que modificara el horario de la ciclovía de Bogotá. Que no siguiera siendo de 7:00 a.m. hasta las 2:00 p.m., sino que cambiara de 5:00 a.m. a 12:00 m. Así el podría dormir y salir a almorzar en un domingo cualquiera.
¿Será posible tanta insolencia? La ciclovía es patrimonio de Bogotá. 26 años de historia, uniendo a la población de todos los estratos en un solo espacio de 120 kilómetros, no van a echarse así por la borda, ante el capricho de los propietarios de automóviles particulares. Hay más ciclistas, atletas, caminantes, vendedores, “parches” de colegio, patinadores, acróbatas, y otros deportistas que conductores de carros, cada domingo en la ciudad. Somos muchos quienes protestaremos por la medida. Las horas más concurridas de la ciclovía van desde las 10:00 a.m. hasta la 1:00 de la tarde. Después de esto, los deportistas utilizan la hora adicional para retornar a sus casas. Cambiar el horario de la ciclovía significaría lacerar los hábitos saludables de un buen porcentaje de la población de Bogotá, además de violar las atribuciones políticas de la alcaldía y el concejo de Bogotá. ¿O qué razón hay para que el congreso legisle sobre un asunto de la ciudad? ¿Existe un mico más grande que éste?
A las 5:00 a.m. sólo saldrían los deportistas de alto rendimiento, quienes recorres más de 120 kilómetros cada domingo y no precisamente en la ciclovía, sino en las carreteras hacia los municipios aledaños. Estos ya salen a esa hora y nunca han solicitado ampliación de horario de la ciclovía para ello.
El cambio de horario propuesto va en contra de las campañas de salud, de la política ambiental, de la prevención de la hipertensión en la ciudad, de las inversiones en la recreación, del derecho colectivo, de la integración socialde la convivencia ciudadana. Al Congreso se le iría hondo con esta medida. Sobre todo en un periodo caracterizado por la corrupción de los “Honorables Parlamentarios”. Y nosotros, los amantes de la ciclovía, no nos vamos a dejar. Si la medida se aprueba, yo mismo saldré en bicicleta a convocar en la población para protestar contra dicha reforma. Y según veo, no seré el único... así que mejor se echan para atrás, señores senadores, a no ser que esperen ver decenas de ciclopaseos confluyendo en la Plaza de Bolívar.
Están por todas partes. Aprovechan los lugares más visibles de las avenidas principales para aparecer. Exhiben mensajes como “Adelante, presidente”, "están con Colombia o están con el terrorismo”, otras con mensajes críticos hacia Venezuela y su presidente. Son vallas enormes con mensajes concretos y claros. Todas, con un marcado corte ideológico de apoyo a las actividades del gobierno, perdón, perdón, un marcado apoyo a las declaraciones de Álvaro Uribe Vélez. De hecho, no transcurre mucho tiempo entre una polémica y dura declaración y la instalación de su respectiva valla.
Antes, no se había visto publicidad de este tipo, apoyando a un personaje o alguna acción en concreto. Pero, lo más grave, es que antes, no se había visto publicidad que de modo indirecto alentara a tomar una posición en contra del gobierno o el gobernante de otro país. Porque así puede intuirse de mensajes como el incluido en la foto que acompaña este texto. No es explícito. Pero no hace falta tener más de dos dedos de frente para intuirlo.
¿Qué se pretende con esto? Pregunto. ¿Quién paga esta publicidad? La opinión pública es libre de tomar partido y las personas también están en su derecho de querer apoyar al presidente. Así mismo, quienes lo apoyan también están constitucionalmente avalados para difundir sus ideas. Sin embargo, avisos como el de la foto parecen ir más allá de la toma de partido; más allá de la política nacional.
Todo conflicto, hemos de recordar, requiere de una opinión pública que lo aliente. De ahí que las críticas, sátiras e insultos que se emiten – de modo indirecto – contra los gobiernos vecinos a través de estas vallas, y esas – más directas – que se pronuncian en las ya famosas marchas y manifestaciones mensuales, también en contra de los gobiernos vecinos, no hacen más que calentar a la opinión pública, alentarla a un conflicto. ¿Qué necesidad tenemos de eso?
Más vale, entonces, que los colombianos nos ocupemos de nuestros asuntos y, mientras nadie irrumpa en ellos, dejemos a los demás tranquilos solucionando sus problemas. Pues ya bastante ropa sucia tenemos para lavar en casa.
Eso sí, me gustaría conocer quién paga esta publicidad y cuáles son sus razones para ello.
A Ecuador se dirige el 4,3% de nuestras exportaciones. Y tal vez los 1.276 millones de dólares que representan no signifiquen mucho para algunos, pero es nuestro tercer destino de exportación, después de Venezuela y Estados Unidos. De ese país también proviene el 9% de nuestros turistas. Que, por cierto, si se suman con los venezolanos, la cifra superaría al número de turistas estadounidense que visita Colombia. Pero, además, Ecuador es el país con la balanza comercial más positiva en relación con el porcentaje de lo importado, con respecto a lo exportado. Pues lo que traemos del país del sur apenas alcanza los 564 millones de dólares.
Sin embargo, parece que el tema de Ecuador, a nadie le ocupa. Por lo menos, en la capital el ambiente no se siente así. Las relaciones con Venezuela se enfriaron y los comerciantes, Analdex y Fedesarrollo, anunciaron que echaban atrás su “plan de contingencia” para la crisis comercial. Desde Miami, Juanes anuncia un concierto con una decena de artistas para mostrar que colombianos y venezolanos somos la pasta de la paz y la hermandad. Y desde Bogotá y Caracas se celebra el retorno de los diplomáticos de ambos países a estas mismas ciudades.
¿Y Ecuador qué? Ha anunciado que las relaciones se restaurarían de a poco. De hecho, no ha mostrado intenciones de querer hacerlo. Además, a diferencia de Venezuela, para Ecuador es más fácil dejar de importar de Colombia. Bien podría liquidar la mayoría de los productos que nos compra y quedarse con la energía. Por si fuera poco, bien podría dejarnos sin arroz y sin mariscos. Dos alimentos en los cuales estamos escasos. Pero la prensa, la diplomacia, las entidades y los comerciantes no hablan de Ecuador.
En días pasados me puse a pensar en lo poco que conocemos de la historia de nuestro país los integrantes de las llamadas nuevas generaciones. Apuesto a que muchos de los menores de 30 años jamás hemos pensado en cuál es la historia del ELN, las Farc, el EPL y hasta el M-19. Tal vez nos remontaremos a una anterior clase de las entonces “Ciencias Sociales”, que recordaremos como si se tratara de un sueño, para balbucear alguna que otra reseña para respondernos la pregunta.
La segunda fue en el baño, por culpa de una montura barata que alojaba un lente caro. La montura ya se había torcido y, de vez en cuando, el lente se zafaba. Esto sucedió justo cuando bajé la cisterna. El vidrio cayó en la taza y se fue, con el agua, por la cañería.
La tercera fue de un primo. Iba corriendo a su casa y tropezó. Las gafas cayeron al piso. Él perdió el equilibrio y se sostuvo con la mano en un poste, pero su pie derecho fue directo a los lentes. Además era un poco gordo, lo cual ayudó a que los volviera trizas.
Una amiga protagonizó la cuarta, cuando se le desapretó un tornillo de la montura. Se acercó a la ventana para ajustarlo, pero éste salió volando desde el tercer piso hasta la calle. Más tarde fue a la óptica para repararla.
En la quinta, mi hermano, cuando usaba gafas, antes de que se le arreglara la vista. Se torció su montura. La llevó donde papá para que la viera y éste último la tomó en sus manos y la enderezó de un tirón.
Un conocido, por su parte, usa gafas para leer en el computador. No sé cómo sucedió, pero a su montura le falta una pata. Así las usa todo el tiempo. Tampoco entiendo cómo hace para que no se le descuadren o se le caigan mientras lee. Y esa es la sexta.
Pero tal vez la más insólita de todas haya sido despertar y no encontrar los lentes en la mesa de noche. Buscarlos como un loco y no encontrar nada. Llamar a preguntar si se quedaron donde el amigo visitado la noche anterior y tampoco escuchar respuesta afirmativa. Oír el timbre dos días después, abrir la puerta y saludar al chofer del carro de la basura, quien sostiene el estuche con los lentes guardados allí y dice: “Señor, al parecer esto es suyo, con gusto se lo devuelvo, si me da una recompensa”.
El otro día hablé con Ignacio y me contó que se bebió el dinero de su mesada. Sin embargo, llamó a su padre y le dijo que lo atracaron cerca de su casa, justo después de salir del cajero. Entonces logró que le enviaran más dinero. Yo no me siento capaz de hacer eso. De hecho, sólo lo pensé una vez. Me habían dado plata para unos libros y estuve tentado a decir que me costaron 30% más. Pero me tembló la boca y no dije nada. En realidad compré los libros, pero también había gastado otro resto en un almuerzo dominical, por lo cual quedé corto de dinero. Pero no me atreví a inventar nada para sacárselo a mis papás. De hecho, completé lo del mes cobrando por escribir los ensayos de historia de algunos compañeros y con eso reuní para lo de los buses y la comida en la universidad. Tuve que trabajar el triple, es cierto y, por eso, la casa está vuelta una porqueriza, pero resolví el problema. Y no me importa haber sacado menos nota que los demás, pues, a la larga, su calificación también es mía. Al fin y al cabo aprendí más. Pero sí me molesta que existan tipos como Ignacio: se la pasan bebiendo y gastando su plata con mujeres, mientras sus padres se rompen el lomo para mandarle más plata. Es más, mi hermano se topó el otro día con su papá, quien estaba muy conmovido y le contó lo del terrible atraco sufrido por Ignacio. “Imagínese que hasta le robaron ese maletincito que le regalamos de grado”, le dijo. “Si supiera que lo cambió por unas libras de marihuana”, pensé.
El público rio, como cualquier público ignorante, para apoyar la afirmación del interlocutor. “Nooo. Es que con ese nombre: ¡Vasija de Barro!”, decían. Al final de la charla pregunté. Ninguno de los asistentes la había escuchado. Y no quise ocuparme de saludar al señor Valencia. Me bastó con su declaración sobre esta canción para no volver a escuchar una composición suya durante el resto de mi vida.
De cuando crecí en mi tierra natal, recuerdo que uno de los temas más aclamados, cantados con más pasión y cuya interpretación evocaba mayor sentimiento era ‘ Vasija de Barro’. Esa canción que habla de la muerte y la sepultura, de la unión con los antepasados, de la temporalidad del hombre. Esa melodía andina, lanzada en algún momento por el dúo Benítez y Valencia. “Y no se puede calificar el apego a las melodías tradicionales con el simple juicio de ‘una canción horrible’, máxime cuando éstas implican una evocación cultural que va más allá de la simple composición”. Eso pensé en un comienzo.
Hoy opino que el delito de Jaime Valencia es más grave de lo que creía. Leyendo publicaciones de la prensa ecuatoriana y, entre ellas, La Revista Virtual del Colegio de Artes Liberales de la Universidad de San Francisco de Quito, descubrí Vasija de Barro es, algo así, como un cadáver exquisito. Ni siquiera programado, sino espontáneo. La canción fue compuesta una noche en la cual el pintor Oswaldo Guayasamín invitó a unos amigos poetas a tomarse un coctel en su casa. Jorge Carrera Andrade escribió la primera estrofa, después de ver un cuadro de Guayasamín. Hugo Alemán escribió la segunda. El pintor Jorge Valencia, la tercera (quién iba a pensar que su homónimo demeritaría la canción casi 50 años después), Jorge Enrique Adoum escribió la cuarta y, al final, Carrera le pidió a Gonzalo Benítez que le pusiera música a ese poema. “Cogí la guitarra, el libro (Lo habían escrito en la tapa de un libro de Proust) y me quedé en una grada sentado por tres cuartos de hora hasta hacer la música. A las 11 y media o doce de la noche subí”, le dijo Benítez al periódico La Hora de Ecuador, en el año 2002.
‘Origen’ fue la pintura de Guayasamín que inspiró la canción. “Había pintado la vasija y dos esqueletos de chicos”, le dijo Benítez a la misma publicación. El pintor quiteño explicó que los incas eran enterrados en vasijas de barro. Entonces esta canción viene a ser una expresión de la herencia cultural andina. Y una expresión colectiva, pues fue escrita por cuatro manos que reflejaban una misma herencia. Es cierto, no a todos les gustará, como es el caso del músico tolimense de Café y Petróleo, pero sí es bueno respetar y no demeritar el valor de composiciones como ésta. A mí no me gusta el vallenato, por ejemplo, pero no me pongo a la tarea de criticar a quienes lo escuchan y hasta con placer he llegado a tocar algunos en la guitarra, para alegrar a sus simpatizantes (Eso sí, nunca me salen bien, no tengo la vena de ese ritmo). Además, reconozco que tienen un valor para la cultura colombiana. (Los más tradicionales, no los modernos de despecho). Pero en fin, ya es hora de que los colombianos de diferentes grupos de estilos aprendamos a valorar y a comprender los gustos, tradiciones y costumbres de los otros, sin ser excluyentes, pues hasta en eso estamos mal.
Y perdónenme por este post tan largo, sin embargo, habrá que volver sobre estos temas.
En el mosaico de fotos están (izq. Gonzalo Benítez. Arr. Der. Jaime Valencia. Ab. Der. Jorge Carrera Andrade). En la otra foto aparece el libro en el cual escribieron la canción.
El vendedor ambulante empuja su mentón hacia atrás, encoge el cuello, hace un pico con los labios, llena los pulmones de aire y empieza a gritar: ¡Oyabua ega, jresquiiit, ango erd, ango’ea zúcar! En un local de por ahí cerca, un anunciante (a veces vestido de payaso) al parecer informa las promociones: ¡Engaaa, bfotasf, fzfapatos, cafmifsetas, alf mejor precio! Como es normal, el transeúnte que haya sido cautivado por la oferta, se acerca al vendedor o al local y vuelve a preguntar los precios, las ofertas, los productos.
Y no son gangosos. Sólo que el peatón escucha la mezcla de sonido creada por el pregón. Aún no me explico el misterio: ¿a quién se le ocurrió que para que gritar fuerte había que montar todo este amago de técnica vocal descrito en las primeras líneas, cuando lo único que origina es una degradación del mensaje? Todos los vendedores que he visto juntan los dientes y modifican el rostro cuando gritan. Producen un sonido similar a la voz nasal, pero con mayor volumen y un mensaje inentendible. Y los animadores de local, armados de consola, bafles como para concierto de rock en la media torta y micrófono de Alta Frecuencia, depositan sus labios sobre la cabeza del adminículo, lo llenan de saliva y emiten una mezcla de ruido similar a un equipo de sonido cuando se le ha subido todo el volumen: lleno de fss, fsss, fsss.
Quien tenga un vago conocimiento de técnica vocal podrá decirme que cuando se vocaliza se escucha mejor y que a unos cinco o siete centímetros de distancia del micrófono, las ondas se captan y se amplifican mejor. Entonces ¿por qué nuestros vendedores callejeros adoptaron esos vicios? ¿No se habrán dado cuenta, durante años y años de oferta y demanda, que su pregón no es eficiente?
Pues ahí tenemos una tareita para todas esas ONG’s que andan buscando proyectos para sacarle dinero a las organizaciones intergubernamentales (OIG): un plan encaminado a mejorar la comunicación empleada por los vendedores ambulantes y volverla más efectiva. A ver si creamos la Organización para la Comunicación Efectiva de los Vendedores Ambulantes, OCEVA…
En fin, como decía el sabio Farhi, “Hay gente para todo”.