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lunes, 23 de junio de 2008

Los niños del cielo


Un andén, una esquina, una noche. Pasas por la calle maldiciendo que la plata no alcanza. Haces cuentas: ¿cuánto debo? Los servicios, el arriendo, el bus, la administración. Desde el cielo se oye una amenaza de lluvia. “Malditos ricos, lo tienen todo”. Te toca caminar, correr, bajar hasta la avenida antes de que suene el trueno. Si tomas taxi resulta costoso. Y te sientes desafortunado. “Maldita vida que me tocó. ¿Por qué todo es tan difícil?” No tienes el dinero para un negocio. Tal vez, tu trabajo no es el que quisieras. “Los sueños: ¿Esto es lo yo hubiera soñado? ¿Esto es lo que quería ser?”Y te quejas. Todo el tiempo de quejas de lo que tienes. Pero cruzas la calle. Estás llegando a la esquina y escuchas un gemido. Es un lamento de un niño que llora. No alcanzas a entender sus palabras, pero volteas la mirada. Y lo ves en el andén, recostado al lado de una pared mediana. Se arropa con una chaqueta y está acurrucado contra el muro. Su rostro no se ve porque da contra la pared. Y sigue llorando.

A esa edad, cuando yo lloraba así, lo hacía en el rincón de una cama. Si estaba muy triste, mi mamá, mi papá o mis hermanos iban a hablar conmigo y, de algún modo me sacaban una sonrisa. Pero no había ningún padre cerca de este niño. Lloraba. No se sabía por qué. Tendría frío, además. Y la lluvia ya había anunciado que vendría. Te das cuenta que no pudiste avanzar más. Sí, ibas caminando, pero te detuviste a mirar. “Los sueños. Al diablo los sueños. Yo estoy bien como estoy, pero ¿qué será de este pobre niño?” “No tiene cama, ni cobija. No tiene un lugar secreto para llorar”. Y todos pasan junto a él con indiferencia.

Siempre recuerdo que jugaba con mi hermano. Hasta hacíamos travesuras. Y cuando veo un par de niños vendiendo dulces recuerdo esas épocas. “Imaginábamos ser héroes que salvaban al mundo, aventureros como Indiana Jones, exploradores, policías y ladrones. Imaginábamos”. Estos niños no imaginan. Están obligados a pensar como adultos. “Tenemos que vender tantos dulces hoy”. Días atrás vi como dos niños lamentaban que sus dulces se cayeron por una alcantarilla. Se quedaron sin nada para vender. ¿Por qué? Por andar jugando. Y el niño de la acera continúa llorando. Quieres acercarte. Preguntarle qué pasa. Ayudarlo. Das un paso. “¿Y si fuera una trampa para robarlo a uno?”. “Maldito país que nos ha sembrado la desconfianza”. ¿Te atreves o no? La verdad, ni siempre. Hay personas que sí lo hacen. Atenderían al niño y, tal vez, lo llevan hasta una panadería para comprarle un roscón. Otros se van rezando por él. “¡Dios le ayude! ¡Dios ayude a todos los pobre, desconsolados y desahuciados niños de la calle!”. “De ellos es el reino de los cielos”. Ése que, muchos dudan que existe. “Los hombre, al fin y al cabo, todo es culpa de los hombres, los seres humanos. Por los hombres existen los pobres”. Y para los pobres está el reino de los cielos. Sí, el de los cielos. Porque de los ricos es el reino de la tierra.

viernes, 6 de junio de 2008

Cavilaciones extraditadas


A veces termino en tertulias en las cuales me entero de cosas increíbles. Hace unos días, por cuestiones del periodismo, terminé metido en una reunión social de empresarios. Había pasado poco después de la extradición de los paramilitares y, como era de esperarse, el tema salió a flote. Y allí había gobiernistas y anti-gobiernistas. Pero me impresionó la afirmación de uno de los asistentes: “de buena fuente me dijeron que lo mínimo, LO MÍNIMO, que pagaban los jefes paras a los guardias, para que les metieran un teléfono celular era cinco millones de pesos”. Era de esperarse, claro, que entonces los procesos judiciales se complicaran.

Cualquiera concluiría, claro, que el poder de los paras seguía intacto aún en la cárcel. Sí claro, hasta aquí no he descubierto más que agua tibia. Y esa es la razón que se adujo para extraditarlos. “Estaban entorpeciendo los procesos de justicia y paz”. (Desde ralito, de hecho, no habido ni justicia, ni paz). Puede ser, sí, que entorpecieran la justicia, de hecho, el hallazgo de la caleta con las escrituras de Jorge 40 demuestra que quienes tenían información empezaron a revelarla después de la extradición. Pero, por más que la extradición se haya planeado en secreto durante meses, como dijo Mindefensa, es muy raro que se los enviara así: de la noche a la mañana. “Yo me voy a quedar despierta esta noche – le dijo Tola a Maruja – ¿Vos creés que me voy a perder la extradición de mañana por quedarme dormida?”

Me viene, entonces, una escena de una novela de Camilleri. Un detective del Servicio Secreto le dice al Comisario Montalbano que las sospechosas muertes que el protagonista está investigando fueron causadas porque el servicio secreto notó que sabían mucho sobre un asunto de estado y por eso debieron “neutralizarlos”. De ahí que lo primero que me pregunté fue si el gobierno quiso “neutralizar” a los paras con la dichosa extradición. ¿Será que sabían mucho? Y si era así ¿qué es lo que sabían? ¿Por qué extraditarlos “rapidito” a las 3, 4 ó 5 de la mañana, casi sin decir nada?

Pero después surgió otra duda: la duración de las penas. En Estados Unidos pagarían, por mucho, ocho años de cárcel. Nada. ¿Y cuando salgan volverán? No, no seamos ilusos. Bien podrían quedarse por allá. Se fueron sin decirnos nada, sin contarnos todo. “Se marcharon para siempre... ...gime el viento en los aleros, desmorónanse las tapias...”. Entonces el panorama es más claro: quedaron neutralizados para así no revelar lo que fueran a revelar. ¿Y el premio? Una temporada corta en la cárcel por haber enviando unos kilos de coca a Estados Unidos (porque nunca se pueden demostrar todas las toneladas de las cuales son responsables) y la tan preciada libertad. Les evitaron pasarse a la justicia ordinaria y el devolver todas las tierras.

Claro está, todas estas son conjeturas, cavilaciones. Pueden considerar estos párrafos un relato de ficción, puesto que nadie tiene pruebas ni conoce la verdad. Tal vez, después de muertos, Dios nos cuente lo que sólo él sabe que pasó. Mientras tanto, seguiremos gobernados y acosados por la impunidad. Al fin y al cabo, en este país, las personas honradas siempre “llevamos del bulto”, como se dice en el campo.

sábado, 10 de mayo de 2008

1,2,3 ambulancias para todos


Antes de desfogar este post que me da vueltas en la cabeza desde hace algunos días, aclara que – como a todo buen cristiano – la muerte de las personas me duele y siempre lamentaré el hecho de ver cómo los seres humanos, de a uno, se marchan a mejor vida. La muerte - como decían los cuentos que mi padre relataba – se lleva a todos por igual. Es la más justa de las instituciones humanas. Y así sucedió con el Senador Fernando Castro (Q.E.P.D.), cuya muerte me produjo un extraño escozor en el cuerpo, por cuanto hace menos de un mes yo había escrito, aquí mismo, en contra de uno de los proyectos de Ley que él había propuesto en el Congreso de la República. De hecho, se desvaneció, víctima de un infarto, cuando defendía dicho proyecto. El resto de la historia ya lo conocen. La ambulancia no llegó; no hubo atención médica en el recinto; llegó a la clínica en un carro particular y murió más tarde. Después vino la oleada de los medios preguntándose: “¿Qué paso con la ambulancia y el servicio médico? ¿No es increíble que en un sector como éste esos servicios no estén disponibles?” Y llenando el panorama mediático de informes y artículos que entre líneas querían decir: “Si la ambulancia y el doctor hubiesen llegado, el congresista se hubiera salvado”. (“Si mi tía tuviera bigote, sería mi tío”, podría anotar, en modo irónico, una persona que conozco…)


Después del suceso, como para anotar una anécdota, Dario Arizmendi se la pasa llamando al Congreso, ejerciendo su labor de perro guardián del pueblo, como reza una de las definiciones del periodismo, con la intención de hacer una sola pregunta: “¿Ya hay camilla en las instalaciones de Congreso?”. Que hubiese habido una, querido Darío, no hubiera cambiado la suerte del Señor Castro. Ya el médico le había advertido, a comienzos del año, que debía reposar, dejar de fumar y no beber licor porque se exponía a un paro cardiaco. El hizo caso omiso, evidentemente, de las dos primeras. No había vuelta de hoja.


Pero que no llegara una ambulancia, por más condolencia y comprensión que quiera tener la opinión pública hacia los Padres de la Patria, puede ser culpa del mismo Congreso. Tan ocupados han estado ellos en legislar sobre temas que los colombianos no hemos deseado, ni hemos necesitado que se han olvidado de servicios básicos como éste. Las ambulancias deberían estar disponibles por toda la ciudad, encargadas de sectores determinados, para atender cualquier emergencia que se presente. No importa que se trate de un Congresista, un educador, un periodista, un hombre de la calle, una empleada de servicio, un congresista o un estudiante. Pero, lastimosamente no es así. A los conductores de ambulancias se les paga por paciente recogido. Si no recogen a nadie, no hay paga. Por eso se parquean cerca de los sitios donde ellos saben que pueden presentarse incidentes. Cerca de los bares citadinos, por ejemplo. Si se anuncia un herido, arranca la carrera de ambulancias. La primera que llegue se lleva el botín. Por crudo que suene, así es. Por eso tampoco se parquean donde el tráfico no fluye, como puede ser el centro de la ciudad. Por ende, cualquier cristiano que sufra un patatus en una zona no considerada por estos conductores, se expone a quedarse sin ambulancia. ¡Pero el Congreso ha legislado sobre la necesidad de que las personas paguen la EPS y las Pensiones así ganen por honorarios! No, no han dicho nada sobre cuál debe ser el servicio que reciban. De eso se encargan las tutelas. Allá, en las cámaras, se tramitan reelecciones, impuestos, presupuestos, cobro por minutos, transferencias, etc.


Seguramente, después de este incidente, reformarán las instalaciones del Congreso. Mejorarán los turnos médicos en sus edificios y, tal vez, tramiten alguna ley sobre ambulancias y servicios de urgencias y emergencias. Y ojalá, esperemos, que dicho proyecto, de ser propuesto, sea para todos. Para todas las zonas de las ciudades grandes y pequeñas, para todos los que trabajan, estudian o deambulan por una calle, para todo el estado y no sólo para la pequeña fracción que se ubica en los edificios de administración pública, legislación y justicia de Bogotá.

jueves, 8 de mayo de 2008

¿Nos querrán defender?


Me ha pasado, tal vez dos veces al año, que cambio de canales en el televisor, viendo qué hay para ver, porque estoy desvelado. Y, de pronto, me encuentro con el programa del Defensor del Televidente de Caracol o RCN. Seguro a ustedes también les ha pasado, seguro no lo han visto más de dos veces, seguro ni recuerdan de qué estaban hablando ese día, porque la emisión era como a las 12:30 o una de la mañana.

Así es fácil comprometerse a defender al televidente, señores: ellos (los canales) podrán decir que tienen todo un programa dedicado a atender todas las quejas y reclamos de los televidentes; que allí resuelven sus dudas sobre la ética de la producción, los valores transmitidos, la educación, etcétera; que esa es la oportunidad para enfrentar en sano debate a los productores, directores, guionistas, periodistas o cualquiera que esté involucrado en la producción de cierto programa, contra los espectadores televisivos. Y entonces nos tiran la pelota, esperando que les agradezcamos por su buena fe, por darnos ese espacio. ¿Pero a la una de la mañana para qué?

A esa hora, los padres responsables ya están durmiendo. Ellos, que tanto desean un programa para exponer sus desacuerdos con la televisión que ven sus hijos, no tienen ni oportunidad de ver el debate. Se pasarán la vida escuchando la misma respuesta: “ese tema ya lo tratamos con el defensor del televidente”. En ese programa donde, por cierto, siempre sale victorioso el canal. Y claro, porque no hay debate real. ¿A la una de la mañana quién debate? Ni siquiera se molestan (ni más faltaba) en atender una llamada en vivo. (¿A esa hora quién llama?). Así no se puede. Y bien cabría exclamar “no nos defiendan más”, como dice aquél bambuco.

¿De verdad nos querrán defender? ¿Existe verdadera defensa del televidente? Sí tuvieran la voluntad de hacerlo, de seguro ese espacio estaría en otra parte. “Pero si la gente ve novelas y no le gusta que se las corten, y los magazines y las series no darían espacio. ¿Dónde?”, nos podrían decir. Pero si lo pensamos mejor, si ponemos atención, descubriremos que hoy los noticieros de televisión tienen, cada vez, mayor parecido a un periódico: cuentan con sección de deportes, política, economía, indicadores, internacionales, sociales, entretenimiento, etc. Ahora bien, si tanta gana tienen de emitir un noticiero desde la una hasta pasadas las tres de la tarde, ¿qué les cuesta meter al defensor del televidente en un pequeño espacio de la eterna sección de farándula? Por lo menos una vez a la semana no estaría mal.

martes, 15 de abril de 2008

En la Ciclovía somos más



Cierto domingo, un congresista salió a almorzar. Como iba tarde o no conocía bien la ruta, se metió por la carrera indebida. Le tocó aguantar trancón, semáforos y retraso. Seguramente se vio obligado a cambiar de restaurante porque no encontró sillas vacías en su preferido, a causa de la demora. Como la comida y el mal genio no son buen maridaje, tal vez la familia se disgustó y no disfrutó del paseo dominguero. Así que, como todo buen congresista, buscó culpables externos, pues el es inocente, por supuesto. No tenía responsabilidad en lo que pasó. Y se le encendió una bombilla sobre su cabeza. ¡Claro la Ciclovía! De inmediato convenció a su familia que la culpable era la ciclovía que por eso no había vías los domingos, de ahí los trancones y retrasos. Y entonces emitió una solución salomónica: someter a la deliberación del congreso un proyecto de ley que modificara el horario de la ciclovía de Bogotá. Que no siguiera siendo de 7:00 a.m. hasta las 2:00 p.m., sino que cambiara de 5:00 a.m. a 12:00 m. Así el podría dormir y salir a almorzar en un domingo cualquiera.

¿Será posible tanta insolencia? La ciclovía es patrimonio de Bogotá. 26 años de historia, uniendo a la población de todos los estratos en un solo espacio de 120 kilómetros, no van a echarse así por la borda, ante el capricho de los propietarios de automóviles particulares. Hay más ciclistas, atletas, caminantes, vendedores, “parches” de colegio, patinadores, acróbatas, y otros deportistas que conductores de carros, cada domingo en la ciudad. Somos muchos quienes protestaremos por la medida. Las horas más concurridas de la ciclovía van desde las 10:00 a.m. hasta la 1:00 de la tarde. Después de esto, los deportistas utilizan la hora adicional para retornar a sus casas. Cambiar el horario de la ciclovía significaría lacerar los hábitos saludables de un buen porcentaje de la población de Bogotá, además de violar las atribuciones políticas de la alcaldía y el concejo de Bogotá. ¿O qué razón hay para que el congreso legisle sobre un asunto de la ciudad? ¿Existe un mico más grande que éste?

A las 5:00 a.m. sólo saldrían los deportistas de alto rendimiento, quienes recorres más de 120 kilómetros cada domingo y no precisamente en la ciclovía, sino en las carreteras hacia los municipios aledaños. Estos ya salen a esa hora y nunca han solicitado ampliación de horario de la ciclovía para ello.

El cambio de horario propuesto va en contra de las campañas de salud, de la política ambiental, de la prevención de la hipertensión en la ciudad, de las inversiones en la recreación, del derecho colectivo, de la integración socialde la convivencia ciudadana. Al Congreso se le iría hondo con esta medida. Sobre todo en un periodo caracterizado por la corrupción de los “Honorables Parlamentarios”. Y nosotros, los amantes de la ciclovía, no nos vamos a dejar. Si la medida se aprueba, yo mismo saldré en bicicleta a convocar en la población para protestar contra dicha reforma. Y según veo, no seré el único... así que mejor se echan para atrás, señores senadores, a no ser que esperen ver decenas de ciclopaseos confluyendo en la Plaza de Bolívar.

miércoles, 12 de marzo de 2008

¿Y Ecuador qué?

A Ecuador se dirige el 4,3% de nuestras exportaciones. Y tal vez los 1.276 millones de dólares que representan no signifiquen mucho para algunos, pero es nuestro tercer destino de exportación, después de Venezuela y Estados Unidos. De ese país también proviene el 9% de nuestros turistas. Que, por cierto, si se suman con los venezolanos, la cifra superaría al número de turistas estadounidense que visita Colombia. Pero, además, Ecuador es el país con la balanza comercial más positiva en relación con el porcentaje de lo importado, con respecto a lo exportado. Pues lo que traemos del país del sur apenas alcanza los 564 millones de dólares.

Sin embargo, parece que el tema de Ecuador, a nadie le ocupa. Por lo menos, en la capital el ambiente no se siente así. Las relaciones con Venezuela se enfriaron y los comerciantes, Analdex y Fedesarrollo, anunciaron que echaban atrás su “plan de contingencia” para la crisis comercial. Desde Miami, Juanes anuncia un concierto con una decena de artistas para mostrar que colombianos y venezolanos somos la pasta de la paz y la hermandad. Y desde Bogotá y Caracas se celebra el retorno de los diplomáticos de ambos países a estas mismas ciudades.

¿Y Ecuador qué? Ha anunciado que las relaciones se restaurarían de a poco. De hecho, no ha mostrado intenciones de querer hacerlo. Además, a diferencia de Venezuela, para Ecuador es más fácil dejar de importar de Colombia. Bien podría liquidar la mayoría de los productos que nos compra y quedarse con la energía. Por si fuera poco, bien podría dejarnos sin arroz y sin mariscos. Dos alimentos en los cuales estamos escasos. Pero la prensa, la diplomacia, las entidades y los comerciantes no hablan de Ecuador.

Les preocupa la frontera en Cúcuta, pero no en Ipiales. Eso hasta quedó demostrado con la ínfima importancia que recibió el paro de transportadores colombianos y ecuatorianos en Rumichaca. Y hoy, un día después de que ese mismo puente internacional, recibió una manifestación de los dos países solicitando restaurar las relaciones diplomáticas y comerciales, ningún medio de audiencia nacional le dio una reseña. Nada aparte de los 3.600 caracteres publicados en el Diario del Sur. No existe muestra más clara de que el sur sigue siendo una región olvidad, sin importar los US$ 669.167 de exportaciones que anualmente se registran en la aduana Ipialeña.

lunes, 21 de enero de 2008

Los platos rotos

La tapa fue una nota televisiva de Cablenoticias en la que rememoraban la tragedia de Armero en 1985, cuando un alud de tierra se deslizó desde el Volcán Nevado del Ruiz y cubrió esa población. Claro, es de entender que los pobrecitos periodistas de ese medio no podían dejar perder la oportunidad de ganar audiencia con una crónica amarillista y partiendo del falso supuesto de que lo mismo podría ocasionar el volcán Galeras. Entonces no encontraron más remedio que recordarnos a los 23.000 colombianos que murieron sepultados por la avalancha, las imágenes de Omaira Sánchez y los restos de una población que se hundió en el lodo. ¿Y todo esto para qué?

Pero las noticias alarmantes comenzaron poco después de la erupción del volcán, cuando los noticieros de los canales privados aprovecharon la hora del prime time para emitir boletines informativos cada 10 minutos. Fue un cabeza a cabeza por el rating. Nos sorprendieron de verdad: ¡No emitieron comerciales! ¡Transmitieron informes sobre el Volcán Galeras! Pero lo peor de todo es que no tenían nada que informar. Todo terminaba en frases repetitivas y de relleno: “recordemos que en 1993…” “a lo largo de este año…” “esta tarde fuimos los primeros en informar que…” “¿Qué pasa en Pasto?” “La gente está en las calles y sintió temor…”
Sin embargo, todo esto nos sirvió para enterarnos de que en Pasto no existen equipos ni turnos para transmisión en directo por los canales privados. Aunque, por ahora, dejemos ese tema como harina de otro costal.

Lo que sucedió es que alarmaron al país por completo. Ese día recibí llamadas que querían preguntarme si sabía cómo estaba mi familia, si todos estaban bien y durante un par de días más todos me preguntaron lo mismo. Tres de esas llamadas las recibí antes de poder comunicarme con mis familiares, con lo cual deduje que más alarmados estaban los que nunca han convivido con el volcán, lo cual es normal. No porque sepan manejar el miedo, sino porque desconocen la exageración mediática.

En vacaciones alguien me dijo que alguna estadística (la cual tengo que averiguar) decía que hay más nariñenses que paisas regados en el país. Si eso es cierto, sería explicable que las líneas de telefonía fija y celular colapsaran desde las 8:15 de la noche. A esa hora no era posible llamar a Nariño, porque, por supuesto, medio país estaba llamando alarmado.

“Tenemos información de que unas 450.000 personas están en riesgo y deberán ser reubicadas de inmediato”, dijo D'arcy Queen. (Afortunadamente el Alcalde de Pasto la corrigió). No quiero imaginarme como sería un plan para evacuar esa cantidad de gente. Las zonas de riesgo en realidad agrupan unas 8.000 personas; el volcán hizo erupción pero no produjo un gran movimiento sísmico, de hecho, alguna vez alguien me explicó que los volcanes no producen terremotos sino emisiones de gases, lava y piro clastos; la población de Pasto sí se asustó con el estruendo de la explosión, pero más susto se llevó la teleaudiencia de los noticieros colombianos; el volcán nevado del Ruiz desencadenó una avalancha porque la nieve de su cima se derritió…

Cuando logré comunicarme con mi familia, todos estaban tranquilos. “Díganle a todos que estamos tranquilos, no ha pasado nada. Ya todos están por llegar a la casa. Fue el ruido de la explosión y ya. Luego todos subimos a la terraza y vimos el volcán que explotó otra vez. Se veía una llamarada roja y después una fumarola enorme. Fue un espectáculo bien bonito”.

¿Y entonces todo esto para qué? Desde hace mucho he venido pensando que ya a los medios les importa un bledo servir a la sociedad. Hoy se informa para cautivar, para aumentar audiencia, lo que a su vez significa incrementar los ingresos publicitarios. Quitarle audiencia a otro canal y en horario prime ocasiona que este otra disminuya sus ingresos y su cantidad de público, por lo tanto, su interés para que la publicidad llegue a ese canal, también disminuye. Así se entra en una guerra del todo se vale. Y lo mejor para eso es una tragedia. ¡Lástima, para ellos, que no se les dio!

En cambio Pasto pagará los platos rotos, pues sobre ésta ciudad vendrá un periodo de unos 3 ó 4 meses de recesión económica, debido al miedo infundido tanto en foráneos como en habitantes. Los sitios turísticos enfrentarán una significativa disminución de público. El porcentaje de aprobación de créditos se va a disminuir. Las inversiones tardarán en llegar o no querrán volver. Y con eso el empleo también se irá. ¡Ay, colegas, si fuésemos más responsables…!

lunes, 3 de diciembre de 2007

Pendencia contra el señor Valencia

Cierto día estuve en una tertulia a la cual habían invitado a Jaime Valencia para que nos hablara de su pasión por la música. Sí, era el integrante del dúo Ana y Jaime, quien después de recordar los años inmensos, hablar de su curso por décimo grado y cantar el jingle de Gudiz, contó algunas de sus experiencias con su hermana y la música. “Tuve tiempos muy difíciles”, dijo en algún momento. Obviamente no grabé la charla, pero las siguientes palabras, aunque no exactas, sí reproducen lo que dijo después: “Caí muy bajo. Para poderme sostener tuve que cantar una música horrible, esa música andina, yo no sé si ustedes habrán escuchado eso. No sé si la conocen, pero lo peor fue cuando tuve que grabar ‘La Vasija de Barro’…”.

El público rio, como cualquier público ignorante, para apoyar la afirmación del interlocutor. “Nooo. Es que con ese nombre: ¡Vasija de Barro!”, decían. Al final de la charla pregunté. Ninguno de los asistentes la había escuchado. Y no quise ocuparme de saludar al señor Valencia. Me bastó con su declaración sobre esta canción para no volver a escuchar una composición suya durante el resto de mi vida.

De cuando crecí en mi tierra natal, recuerdo que uno de los temas más aclamados, cantados con más pasión y cuya interpretación evocaba mayor sentimiento era ‘ Vasija de Barro’. Esa canción que habla de la muerte y la sepultura, de la unión con los antepasados, de la temporalidad del hombre. Esa melodía andina, lanzada en algún momento por el dúo Benítez y Valencia. “Y no se puede calificar el apego a las melodías tradicionales con el simple juicio de ‘una canción horrible’, máxime cuando éstas implican una evocación cultural que va más allá de la simple composición”. Eso pensé en un comienzo.

Hoy opino que el delito de Jaime Valencia es más grave de lo que creía. Leyendo publicaciones de la prensa ecuatoriana y, entre ellas, La Revista Virtual del Colegio de Artes Liberales de la Universidad de San Francisco de Quito, descubrí Vasija de Barro es, algo así, como un cadáver exquisito. Ni siquiera programado, sino espontáneo. La canción fue compuesta una noche en la cual el pintor Oswaldo Guayasamín invitó a unos amigos poetas a tomarse un coctel en su casa. Jorge Carrera Andrade escribió la primera estrofa, después de ver un cuadro de Guayasamín. Hugo Alemán escribió la segunda. El pintor Jorge Valencia, la tercera (quién iba a pensar que su homónimo demeritaría la canción casi 50 años después), Jorge Enrique Adoum escribió la cuarta y, al final, Carrera le pidió a Gonzalo Benítez que le pusiera música a ese poema. “Cogí la guitarra, el libro (Lo habían escrito en la tapa de un libro de Proust) y me quedé en una grada sentado por tres cuartos de hora hasta hacer la música. A las 11 y media o doce de la noche subí”, le dijo Benítez al periódico La Hora de Ecuador, en el año 2002.

‘Origen’ fue la pintura de Guayasamín que inspiró la canción. “Había pintado la vasija y dos esqueletos de chicos”, le dijo Benítez a la misma publicación. El pintor quiteño explicó que los incas eran enterrados en vasijas de barro. Entonces esta canción viene a ser una expresión de la herencia cultural andina. Y una expresión colectiva, pues fue escrita por cuatro manos que reflejaban una misma herencia. Es cierto, no a todos les gustará, como es el caso del músico tolimense de Café y Petróleo, pero sí es bueno respetar y no demeritar el valor de composiciones como ésta. A mí no me gusta el vallenato, por ejemplo, pero no me pongo a la tarea de criticar a quienes lo escuchan y hasta con placer he llegado a tocar algunos en la guitarra, para alegrar a sus simpatizantes (Eso sí, nunca me salen bien, no tengo la vena de ese ritmo). Además, reconozco que tienen un valor para la cultura colombiana. (Los más tradicionales, no los modernos de despecho). Pero en fin, ya es hora de que los colombianos de diferentes grupos de estilos aprendamos a valorar y a comprender los gustos, tradiciones y costumbres de los otros, sin ser excluyentes, pues hasta en eso estamos mal.

Y perdónenme por este post tan largo, sin embargo, habrá que volver sobre estos temas.

En el mosaico de fotos están (izq. Gonzalo Benítez. Arr. Der. Jaime Valencia. Ab. Der. Jorge Carrera Andrade). En la otra foto aparece el libro en el cual escribieron la canción.


viernes, 23 de noviembre de 2007

Si fundan la OCEVA, no me metan

El vendedor ambulante empuja su mentón hacia atrás, encoge el cuello, hace un pico con los labios, llena los pulmones de aire y empieza a gritar: ¡Oyabua ega, jresquiiit, ango erd, ango’ea zúcar! En un local de por ahí cerca, un anunciante (a veces vestido de payaso) al parecer informa las promociones: ¡Engaaa, bfotasf, fzfapatos, cafmifsetas, alf mejor precio! Como es normal, el transeúnte que haya sido cautivado por la oferta, se acerca al vendedor o al local y vuelve a preguntar los precios, las ofertas, los productos.

Y no son gangosos. Sólo que el peatón escucha la mezcla de sonido creada por el pregón. Aún no me explico el misterio: ¿a quién se le ocurrió que para que gritar fuerte había que montar todo este amago de técnica vocal descrito en las primeras líneas, cuando lo único que origina es una degradación del mensaje? Todos los vendedores que he visto juntan los dientes y modifican el rostro cuando gritan. Producen un sonido similar a la voz nasal, pero con mayor volumen y un mensaje inentendible. Y los animadores de local, armados de consola, bafles como para concierto de rock en la media torta y micrófono de Alta Frecuencia, depositan sus labios sobre la cabeza del adminículo, lo llenan de saliva y emiten una mezcla de ruido similar a un equipo de sonido cuando se le ha subido todo el volumen: lleno de fss, fsss, fsss.

Quien tenga un vago conocimiento de técnica vocal podrá decirme que cuando se vocaliza se escucha mejor y que a unos cinco o siete centímetros de distancia del micrófono, las ondas se captan y se amplifican mejor. Entonces ¿por qué nuestros vendedores callejeros adoptaron esos vicios? ¿No se habrán dado cuenta, durante años y años de oferta y demanda, que su pregón no es eficiente?

Pues ahí tenemos una tareita para todas esas ONG’s que andan buscando proyectos para sacarle dinero a las organizaciones intergubernamentales (OIG): un plan encaminado a mejorar la comunicación empleada por los vendedores ambulantes y volverla más efectiva. A ver si creamos la Organización para la Comunicación Efectiva de los Vendedores Ambulantes, OCEVA…

En fin, como decía el sabio Farhi, “Hay gente para todo”.

lunes, 19 de noviembre de 2007

¿Nos preocupa el secuestro?

Un día llamé a una amiga con la que no hablaba desde hace tiempo. “¿Cómo estás?” - Le dije. “Mal” “¿Por qué?” “Secuestraron a mi novio”. Después de eso tratamos de charlar, pero a los dos se nos dificultó amenizar la conversación. Desde entonces no me he atrevido a tocar el tema con ella y, escasamente hemos hablado. Pero sí me he sentado a pensar en cuánto cambia nuestra visión, cuando las cosas nos suceden a nosotros. Ella bien pudo haber sido una de aquellas personas indolentes al tema del secuestro. Sin embargo, ahora quería tener una visión más amplia del conflicto colombiano y emitía sus propios juicios a uno y otro respecto. Nunca antes había opinado sobre el tema. A mí, en cambio, este problema siempre me ha deprimido. No lo he vivido en carne propia y tampoco lo han padecido personas más cercanas a mí. No obstante, cada vez que escucho la radio en las mañanas siento ganas de romper en llanto para acompañar la pena de quienes les leen mensajes a sus seres queridos en este medio. No saben si será posible que los escuchen. Adivinan, o mejor, están esperanzados, en que al menos un radio y un par de pilas los acompañen para que informalmente asistan a “su reunión familiar”. El dolor de estos familiares es tan desahuciado y desgarrador que hasta los radioescuchas más atentos ya nos sentimos cercanos a quienes están privados de su libertad. Tal vez todos nos hayamos enamorado de “Lizcanito”, “Monito” y tantos otros cautivos. Sin embargo, hasta desconocemos si aún están vivos o si les permiten escucharnos.

Seguramente todos nos habremos preocupado alguna vez por una persona que salió de casa, se demoró más de la cuenta y no llamó para avisar. Un hijo, hermano, pariente, pareja, amigo, etc. Y esa preocupación nos intranquiliza. “Tal vez se entretuvo en tal o cual almacén”, pensamos. “¿Al fin entraría a la película?” “¿Se encontraría con Fulano o Sultano?” “¿No conseguiría bus?” “¿Le pasaría algo?”. Bueno, y qué tal si “le pasó algo”. Imaginemos que esa persona no vuelve jamás. Desapareció. Nos enteramos que fue secuestrada… Así, tal cual fue ese sentimiento que nos invadió en esta milésima de segundo, es el que ha roto a muchas familias colombianas durante 5, 8 ó 10 años. Ése mismo llevó a Gustavo Moncayo a caminar cerca de 1.000 kilómetros, pidiendo solidaridad. Pero ¿Cuál fue nuestra respuesta? …Los mensajes de otros radioescuchas, los de la W radio en Colombia, son ‘ejemplares’: “¡no podemos darle ni un centímetro a esos delincuentes!” “¡No negocie con esos bandidos, presidente!” Y el peor de todos “Lo siento por las familias de los secuestrados, las respeto mucho, pero en toda guerra debe haber muertos y personas sacrificadas…” (Aclaro que estas frases no tienen las palabras exactas de cuando las oí, pero la esencia del mensaje sí es la misma). Con esta indolencia ¿qué podemos esperar? No sé cuál sea la solución más adecuada para negociar el retorno de los cautivos, pero sí me atrevo a decir que no sólo a los secuestradores les hace falta voluntad de negociación. En esa sopa también están el gobierno y la opinión pública. ¿Cuántos de ustedes, queridos lectores, piensan en una, dos o tres ocasiones al día en los secuestrados? Felicito a quienes levantaron la mano. A los demás los invito a expresar, con alguno de sus interlocutores cotidianos, al menos un gesto de malestar por la situación de ellos. Por lo menos a decir “¡Qué mal que esto exista!” - “¡Quisiera que los liberen!” “¿Será que puedo hacer algo al respecto?”. Seguro no aparecerán respuestas inmediatas. Pero sí iremos creando un inconsciente colectivo que nos obligará a idearnos el camino. Hoy no tenemos ese inconsciente. Pero cuando lo tengamos, pesaremos como multitud de opinión y seguro lograremos el retorno, de nuestros (porque son de todos) seres queridos.

jueves, 15 de noviembre de 2007

Transporte ¿urbano?

Dos errores graves perjudican al transporte público de una ciudad como Bogotá: la desorganización y la incorrecta utilización. Lo curioso es que todos los involucrados en el negocio de la movilidad, es decir, peatones, pasajeros, empresas, conductores, entidades y cuantos queramos añadir, tienen un grado de responsabilidad en esos dos problemas. A las empresas y conductores, por ejemplo, no parece habérseles pasado por la cabeza que las máquinas se deterioran y en algún momento deben cambiarse o, por lo menos, repararse. ¿Cuántos buses no emiten mugidos como de elefante mal herido cuando frenan en alguna esquina? Y por cierto, ¡Frenan en las esquinas! Sí, en las bocacalles. No porque así se les antoje, sino porque a los peatones no se les ocurre mejor sitio para pedir el bus. Siempre nos hemos quejado de la falta de urbanidad de los conductores, pero somos los pasajeros quienes utilizamos equivocadamente los paraderos de buses. Generalmente, existe la concepción del paradero como el único lugar donde no se puede esperar transporte. Peor aún, algunos pasajeros se molestan cuando el bus los lleva 200 metros más allá de donde quieren, es decir, el lugar del paradero. Pero no sigamos eximiendo a los señores conductores, a quienes les agradan las carreras de obstáculos. En Bogotá, este tipo de competencia se asemeja al ciclismo de ruta: cuando un bus le lleva un minuto de diferencia a otro de su mismo itinerario, arranca un cabeza a cabeza para determinar quién saca la mayor diferencia. Lo insólito del hecho, es que, dado su afán por tomar la delantera, ninguno se detiene a llevar pasajeros. Tal vez si hubiese hinchas para este ‘prospecto deportivo’ la corrida resultaría interesante, pero hasta donde yo tengo entendido, la idea es transportar a los habitantes de la ciudad desde un destino hacia otro. Transmilenio, por su parte, ofrece todo un universo de situaciones para analizar. Pero atendiendo a los dilemas de organización y utilización, mencionemos sólo un par: hace poco la alcaldía optó por reorganizar las rutas. Los recorridos propuestos realmente podrían resultar eficientes si existiese algún tipo de manual para ayudar a interpretar los mapas de rutas, pues lo más normal es encontrase con personas que preguntan ¿qué ruta me sirve para ir a…? ¿Dónde para este Transmilenio? ¿Por qué no se detuvo en la estación anterior? Claro, también muchos usuarios, detenidos frente al cartel explicativo de los destinos, con el dedo índice derecho puesto en la estación de destino y el izquierdo en el número de la ruta indicada interrogan ¿Será que éste me sirve? En fin, el que esté libre de culpa…

La foto de la buseta verde de Somalia es de flickr pero, la verdad, ya no me acuero a quién se la robé, de todas maneras gracias....


domingo, 11 de noviembre de 2007

Os saluda el calentamiento global

Nuestra situación es como la de un paciente con una enfermedad terminal. Sabe que poco a poco su existencia se irá diluyendo y que, en cualquier momento, todo habrá finalizado. Cuando es consciente de su padecimiento empezará a otorgarle el verdadero valor a una lágrima, a una sonrisa, a un amigo. A partir del diagnóstico, su vida correrá como en cámara lenta...

El mundo ya está diagnosticado también, pero sus familiares (nosotros) no hemos entendido la magnitud de la enfermedad. “No importa lo que hagamos ahora, el calentamiento aumentará: hay un tiempo de retraso antes de que el calor provoque todos sus efectos en la atmósfera… …Nuestra tarea es menos estimulante: contener el daño, lograr que las cosas no se nos escapen de las manos”, dice la revista Natgeo. ¿Muestran las fotos que acompañan este texto que las cosas no se nos han escapado de las manos? Es irónico que un fenómeno llamado calentamiento global traiga lluvias torrenciales e incomparables para la población. Y también es paradójico que nosotros, los tercermundistas, hayamos creído que éste era un problema sólo del primer mundo, que las olas de calor solo se verían en Europa, que las cosechas echadas a perder serían las norteamericanas, que los huracanes , las inundaciones, los congelamientos y las sequías eran problemas separados y de otro continente. Pero no, resulta que todo hace parte del mismo fenómeno. Así lo explica Al Gore en “An Inconvenient Truth”.

Lastimosamente, el problema también es nuestro. A comienzos de este año, un gran porcentaje de las cosechas de verduras y hortalizas se perdió a causa de una de las más fuertes heladas de nuestra historia. Hasta las lechugas se encarecieron. A mitad de año no caía ni gota de agua. Los bogotanos salieron a la calle en bermudas y hasta en bikini a gozar de las playas artificiales instaladas en los Almacénes Éxito. Gozaron de un verano sin mar ni río, pero con ciclovía. Los vendedores de bebidas hicieron su “agosto”. Y llegó noviembre con la mayor granizada de la historia (luego nos informaron que ni siquiera se llevan registros comparativos sobre esto, ¡vea Usted!) y con una noticia calamitosa (al menos para mí): desaparece el pan de $100, las tejas subieron un 300%, las construcciones de la capital colombiana no estaban preparadas para una catástrofe. Y dizque estamos alistándonos para un temblor. Pero aún, ¿si Bogotá no está prevenida, qué podemos esperar de las demás ciudades colombianas? Está muy bien que le sonriamos al clima, nos divirtamos con el sol y el hielo. Pero algo tendremos que hacer, sobre todo cuando los científicos advierten que los efectos se intensificarán cada año (y si ésta granizada fue así…). Ya es hora de que los ciudadanos y los gobiernos nos pellizquemos al respecto. No se trata de conservar el medio ambiente para las generaciones futuras, nosotros ya somos la generación futura.


miércoles, 31 de octubre de 2007

¡Malditos apátridas!

Sucedió en el 2004. Nosotros pujábamos y apretábamos el cuerpo cada vez que Boca Juniors se asomaba por el área grande. Unos metros más allá otros gritaban “y dale Booooca, dale Bo-ca”. Los hinchas xeneizes esperaban la goleada. Se sentían campeones después de haber dejado a River en el camino. “Y dale Booca, dale Booca”, gritaban a nuestra oreja. Nosotros no decíamos nada. De todas formas éramos menos y no queríamos alegar con nadie. La situación mejoró cuando un tiro de Soto pegó en el travesaño. Los Xeneises enmudecieron…

El partido terminó cero a cero y los boquenses de nuestro lado se marcharon cabizbajos. No estábamos en la bombonera. Simplemente en una casa igual a otras tantas de clase media bogotanas. Y los de nuestro lado no eran argentinos sino colombianos comunes y silvestres como nosotros. ¿Entonces por qué diablos gritaban a favor de Boca? Tal vez porque hacen parte del grupo de apátridas que disfrutan y son felices cuando a Colombia le va mal. Iguales a quienes en el Campeonato Mundial de Patinaje de Cali deseaban que otro país fuera campeón. Los mismos que no pueden ver triunfos de un equipo que no sea el suyo, ni de una disciplina o deporte diferente a la de su gusto. “¿Qué ha hecho Santiago Botero?”, me preguntaba uno de ellos. “La ignorancia es atrevida”, pensé. Y lo peor es que a gran parte de ellos les encantaría volverse adeptos de la Iglesia Maradoniana, la cual escribo con mayúscula solo por creer que es nombre propio. ¡No señores! A mí no me estresa ni me incomoda que a Millonarios le vaya bien en la Sudamericana. El ser hincha de América no me significa un impedimento. Si les va bien, hasta los felicito. Pero jamás me trasnocharía porque no ganó Boca, ni me uno a quienes sostienen que el club argentino le regaló esa copa al Once, porque le dio lástima. ¡Ay, señores! Celebren lo suyo. No se trasnochen por cuestiones de otros que, al fin y al cabo, no creo que el señor Macri se preocupe porque un colombiano apátrida apoyó al Cúcuta o al Once en lugar de a su sagrado Boca Juniors.

miércoles, 24 de octubre de 2007

Con otros ojos...

Regálenme pa’un pan

El vendedor se sube al bus y cuenta una historia triste. Muestra una herida horrible en su abdomen, la piel pudriéndosele en la pierna, una cicatriz de cuando vivió en un caño y sumido en las drogas, habla de un hijo necesitado de medicamentos caros, dice tener hambre o haber salido de la cárcel hace dos horas y que estuvo allí durante dos años por un crimen que no cometió. Nos conmueve. Tenemos los ojos aguados. Nos impresiona con su conversión a Cristo o su habilidad para declamar poesía. Y aflojamos el puño en el bolsillo. Le compramos sus lápices cuya punta no traza más de dos líneas, o los deliciosos dulces Italo, los lapiceros que no duran más de una semana. Otros le dan dinero, pero no le piden nada a cambio. Su mano recibe monedas de distintas nominaciones. Agradece y se baja con 2.000, 4.000 ó 5.000 pesos, dependiendo de la faena. “Pobre hombre”, dijimos. “Había que ayudarle”. “No quisiera estar en esa situación, mal que bien yo tengo trabajito”. Dos o tres abordan el bus en similares condiciones. Cuando llegamos a casa, concluimos que un taxi hubiera costado lo mismo. Hubiésemos viajado más cómodos, traeríamos menos cosas inútiles y quizá, sólo quizá, no estaríamos tan mojados. Pero ayudamos. ¡Oh sí! ¿Pero a quién le ayudamos en realidad? ¿No es el dinero traicionero? Hace un año o dos El Tiempo publicaba una entrevista a un hombre que se ganaba la vida pidiendo plata en los buses. Ese era SU TRABAJO, según él. Contaba que lograba reunir hasta un millón y medio mensuales. Gastaba quinientos mil en una pieza, algo más en comer y el resto en alcohol, drogas y - ojalá - rocanrol. No, señor, entonces tal vez no lo ayudamos. Algunos sí pedirán por necesidad, pero como estamos en Colombia, a estos, seguro, no les va tan bien. ¿Cómo podemos determinar esto, nosotros, los ciudadanos inocentes? Mi padre, tan sabio como cualquier padre, me recordará el ejemplo de los Sacerdotes Capuchinos. Ellos recomiendan ser caritativos, pero nunca regalar dinero. “Mejor dar un cuarto de arroz que cinco mil pesos”, decían. (En mi tierra un cuarto equivale a 5 kilos). Pero luego, a este noble periodista le cuentan de pobres que piden ropa, mercado, cualquier otra cosita y después todo lo venden para recaudar el fondo de sus vicios. ¡Ay de nosotros, caritativos pasajeros de bus! Y pensar que tengo amigos docentes y periodistas, cuyo salario apenas supera el mínimo. Gracias a la generosa reforma laboral de nuestro gobierno, sus contrato es de prestación de servicios, entonces de esa suma les descuentan un 10 por ciento de retención y deben destinar poco más de cien mil pesos para pagar salud y pensiones. Lo sorprendente es que más tarde los ves compadeciéndose de un pobre vendedor de bus o de un desplazado que, según lo he visto en las noticias, recibe un subsidio de trescientos mil pesos mensuales. Casi lo mismo que te queda de un salario mínimo devengado como prestación de servicios. Pero los hombres honrados siempre seremos inocentes y caritativos. Claro, otros nos aburrimos, por eso yo hace mucho preferí desconfiar y ya no compro en los buses, ni regalo una monedita en la calle.

Le doy las gracias a "Michael" por la foto de Flickr y le pido disculpas por tomársela prestada. Pueden vistarlo en http://www.flickr.com/photos/michaelpt/


Prueba

Estoy realizando algunas pruebas para volver... Published with Blogger-droid v1.3.4