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lunes, 28 de abril de 2008

Prohibido poetas en la Feria del Libro

Feria del libro. La noche ya había caído. Era hora de irse. El recinto se cerraba y un buen manojo de personas esperábamos turno para tomar un taxi. Mientras tanto apareció un hombre en bicicleta. Tenía en su ropa las marcas de haber recorrido un largo viaje en la bicicleta que arrastraba a su lado. Ésta, además, exhibía unas llantas gastadas por la marcha. Sus ropas estaban sucias y en sus bolsillos cargaba papelitos cortados como separadores de libros, los cuales contenían algunos poemas escritos por él mismo. Hablaba con acento argentino. Quería promocionar su poesía, regalarnos una gota de su expresión. Pero apenas se acercó lo asaltó la Policía. Le pidió que se fuera.

-Me hace el favor y se retira
-Pero ¿por qué, che?
-Por favor se retira que aquí incomoda a la gente que espera el transporte, señor.

La verdad es que yo no me sentí incomodado por el pobre poeta, quien, como buen poeta, empezó a protestar en defensa de su libertad de expresión. No diré mentiras, no alcancé a escuchar la conversación completa, sólo saco unos apartes de lo que dijo el poeta y el Agente de apellido Cañón, de placa 13415.

-Señor, por favor se retira
-Pero ¿qué es esto? ¿Es que sobre usted recae el peso de una dictadura? ¿Qué le estoy haciendo sho?
-Retírese por favor, no está permitido hacer esto. No obligue a retirarlo
-¿A retirarme, dice, pero si sho no estoy incomodando a nadie?

Algo dijo el agente de apellido Cañón, de placa 13415, algo que molestó al poeta.

-¿Sabe qué pasa con usted, señor? Que tiene mucha mierda en la cabeza con todo eso que les enseñan en la policía. Libérese por Dios, deje actuar a la gente.
-Me está ofendiendo, señor lo voy a retirar.

Se acercó una de las personas que hacían cola. “Señor agente, mientras usted discute cosas inútiles y molesta al señor que, por cierto, no nos incomoda, aquí la gente se nos está colando. ¿Por qué mejor no lo deja en paz y atiende lo que tiene que atender?”

Pero el agente Cañón, de placa 13415 ni se inmutó. Siguió discutiendo con el poeta. La conversación ya rodeaba los gritos. La gente empezaba a mirar con lástima al pobre poeta. “Déjelo tranquilo que no está haciendo nada “, era el grito - además tímido - de algunos. No aguanté más el nudo en mi garganta y me acerqué.

-Señor, disculpe. ¿Hay algo en el código de policía que le impida al señor acercarse a una fila a promocionar su poesía? ¿A hacer lo que está haciendo?
-Usted está haciendo cola, por favor no moleste - fue la respuesta del agente Cañón, de placa 13415.
-Supongo que esa respuesta quiere decir que no - le dije.

Pensé en la respuesta que me acababa de dar el policía. Si así se dan por terminadas las discusiones en este país, no es posible que vayamos para ningún mañana. Las autoridades no razonan. Sólo actúan. Y actúan como les parece. No debaten, se funden en su ira y quieren imponerlo todo. Por eso empezó la guerra en el país. Debido a una intolerancia que no aceptó otro punto de vista, otra forma de ser.

-Es la Feria del Libro - decía el argentino - y no se puede venir a difundir un poco de cultura.

Ya me había tocado a mí el turno del taxi. Mis acompañantes me esperaban. Me tuve que ir. Antes de subir al vehículo, el poeta me gritó, con angustia, desde su bicicleta.

-Ustedes me defienden un momento, pero ¿sabés que va a pasar? Que al final todos ustedes se van a ir y a mí me van a meter preso.


La foto obviamente la tomé de flickr. Le agradezco a su autor, quien puede ser visitado en http://www.flickr.com/photos/opinkytaku/483262256/

jueves, 17 de abril de 2008

Sala de urgencias


- ¡Permiso, Señor! Perdone, lo tengo que rasurar.
- ¿Qué? ¿Rasurar?, dije, mientras me llevaba la mano a la cabeza
- Es que para la cirugía se necesita. ¿Podría levantarse la camisa, por favor?

Obvio. No me iban a rasurar la cabeza, sino el abdomen. Ahí era donde iban a cortar. La enfermera no se atrevió a cortar muchos vellos, pero más tarde en cambio, noté que la cuchilla había bajado un poco más allá. Pero lo que más me incomodaba era estar desnudo. Envuelto en una sábana y sin poder moverme a causa del dolor. Pensé entonces, por un instante, que en las salas de cirugía la intimidad se pierde. Después de que la anestesia logra su efecto, te descubren, arrojan la sábana a un lado y quedas desnudo sobre la camilla. Luego te rompen, te cosen las tripas, te observan, pueden estudiarte, detallarte, reírse, admirarse, etc. Tal vez por eso, cuando uno se despierta siente dos cosas: dolor y vergüenza.

- ¡Ah! ¡Tiene los calzoncillos puestos!
- ¿No le dijeron que debía quitarse TODO?
- La enfermera dijo que esos me los quitaba acá, antes de entrar al quirófano.
- ¡No! A ver, lo tapo con las sábanas y se los quita.
- ¿Pero y... qué va a pasar con...
- Échelos aquí yo se los llevo a su familiar que está en la sala de espera.

A esa hora, quien me acompañaba en el hospital era mi suegra. Debió ser ella quien guardó mis calzoncillos. No he querido preguntarle en qué momento, ni cómo se los entregaron.

- Tranquilo, recuéstese, no mire, respire.
- Voy a ponerle los electrodos
- ¿Tipo de Sangre? ¿Tenemos los exámenes?
- ¡Que no levante la cabeza! ¡Eh! ¡Qué hombre tan curioso, fresco que no le voy a hacer nada! Sí, lo estoy inyectando. Esa es la anestesia. Por la máscara sólo le va a pasar oxígeno. Ésta anestesia es diferente a la que recibió en su anterior cirugía.
- Ya viene el Dr. Guevara
- Va a experimentar un mareo y empezará a ver borroso. No se asuste es normal...

El ambiente empezaba a desvanecerse. Mis ojos veían como si fueran un lente desenfocado. Cada vez había menos luz. Ya no sentía dolor. La anestesia cobraba efecto.

- Bueno, Gabriel. Cuando yo cuente hasta diez se habrá dormido. Tranquilo, lo vamos a operar. Suerte. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, nos vemos más tarde, nueve...
El dolor había empezado a eso de las once de la noche, cuando todavía le dábamos unos retoques a la revista. Aguanté, lo dejé pasar. Esperaba llegar a casa, tomar un laxante, ir al baño, y salir de ese problema, pero me equivoqué. No se trataba de eso. A las 12:30 de la noche me retorcía en la cama. A la 1:00 a.m. La droguería trajo el laxante. Pero no lo tomé.

Poco antes de recibirlo había sentido ganas de correr. Me levanté de la cama. Antes no había sido capaz de ponerme la pijama, entonces no fue difícil. Buscaba el baño. Abrí la puerta, pero no pude llegar hasta el retrete. Unos centímetros más atrás ya había trasbocado y todo el piso se llenó de vómito. Empecé a sentir asco de todo lo que había comido durante el día. Sentí mareo y un frío terrible que me recorría todo el cuerpo. Pero éste sudaba, sudaba a chorros, como el de un caballo de carga. De todas formas creí que el dolor se iría con ese vómito, así que trapeé el baño, limpie el lavabo y quise acostarme.

Pero nunca antes deseé vomitar más que otra cosa. Las náuseas y el vómito me hacían olvidar de ese dolor punzante en el estómago. Sentía como si alguien lo estuviera halando, tratando de arrancármelo. Me acostaba hacia la izquierda, hacia la derecha, boca abajo y hacia arriba. Pero no lo soportaba, no podía. Quise dormir para que el sueño se lo tragara y me hiciera olvidarlo. Tampoco lo logré. Hacia las tres de la mañana ya había vomitado entre 10 y 15 veces. Primero era una mezcla entre agua y alimentos, después un líquido amarillo que poco a poco se fue tornando verde y espeso.

Con el cansancio acumulado, la deshidratación, las náuseas y el sueño empecé a ver oscuro. Todo daba vueltas. El dolor se incrementaba y era tan fuerte que ya no pude sostenerme en pie. Me derrumbé junto al retrete y noté que tenía en mi mano el teléfono. Eran las tres y diez.

- ¡Aló!
- Necesito ayuda
- ¿Qué te pasó? ¿Estás bien?
- Siento que el estómago se me va a estallar. No me puedo sostener de pie. He vomitado mucho. Estoy sudando frío. Necesito que me lleves a la clínica.
- ¡Ya.... ya.... ¡Ya voy para allá!


- ¿Te ayudo a subir? ¡Ay! ¡Estás frío!
- Me duele...
- ¿Comiste algo raro? ¿A qué hora llegaste?
- Me duele....
- ¿A qué clínica vamos?

En la Sala de espera seguí sintiendo náuseas. Prácticamente espere el llamado del doctor en el baño del hospital.
- Vamos a ordenar exámenes de sangre, de cirugía y una ecografía. También le vamos a poner suero y un medicamento para que no vuelva a sentir ganas de vomitar. Siga por aquí
- Me duele... ...estoy mareado. Veo todo oscuro.

Sentando en un mueble, con el suero colgado a un lado y los calmantes entrando por el mismo tubo, pude cerrar los ojos. Tal vez dormí, tal vez me desmayé. Despertaba y dormía de modo intermitente.

- ¿Ya estás viviendo con tu abuelita?
- ¿Qué?
- Que si ya te trasteaste para que arreglen tu casa, ¿Dónde dormiste hoy?
- Pe.. pero....
- Ah sí, yo llamé a tu casa.

Volví a mi sueño-desmayo

- Creo que está desvariando, pobre. Debe estar muy débil

A veces abría los ojos y veía a mi acompañante. Otras veces me encontraba solo. Después la volvía a ver con algunos papeles. Luego me pasaron a una camilla. Al mediodía, Ocho horas después de llegar a la clínica, desperté en medio de un grupo de médicos. Uno de ellos tenía una placa en su saco. “Dr. Guevara”, decía. Cada uno de los galenos me hacía sus respectivas preguntas:

- ¿Ha sentido dolores similares antes?
- ¿Ha vomitado?
- ¿Tuvo fiebre?
- ¿Cómo era el vómito?
- ¿Le duele más aquí o aquí?
- ¿Cuándo hago esto le duele?
- ¿Le duele más al presionar o al soltar?
- Es apendicitis, hay que operar ahora mismo – sentenció el Dr. Guevara

Antes de entrar a la preparación para la cirugía, el dolor había desaparecido. No importaba ya. Todo estaba programado. Entraría al quirófano a eso de las tres. Desperté a las 4:20 p.m...


CONTINUARÁ... en lo posible....

domingo, 9 de diciembre de 2007

Historias de cuatroojos

“No eran gafas, gafas, sino gafas de juguete”, dijo la hija. En el barrio Niza, en Pasto. “¿Pero qué pasó, mija?”. “Pues que mi hermana Johana le rompió las gafas a Dani”. “¿Pero no me dice que eran de juguete?”. “Pero siempre me costaron veinte mil pesos y, pues, ella me las quitó, salió corriendo y al querer correrse las dejó caer y se rompieron”, repuso el otro. “Bueno yo le pago los 20, dijo la madre”. Y esa fue la primera historia.

La segunda fue en el baño, por culpa de una montura barata que alojaba un lente caro. La montura ya se había torcido y, de vez en cuando, el lente se zafaba. Esto sucedió justo cuando bajé la cisterna. El vidrio cayó en la taza y se fue, con el agua, por la cañería.

La tercera fue de un primo. Iba corriendo a su casa y tropezó. Las gafas cayeron al piso. Él perdió el equilibrio y se sostuvo con la mano en un poste, pero su pie derecho fue directo a los lentes. Además era un poco gordo, lo cual ayudó a que los volviera trizas.

Una amiga protagonizó la cuarta, cuando se le desapretó un tornillo de la montura. Se acercó a la ventana para ajustarlo, pero éste salió volando desde el tercer piso hasta la calle. Más tarde fue a la óptica para repararla.

En la quinta, mi hermano, cuando usaba gafas, antes de que se le arreglara la vista. Se torció su montura. La llevó donde papá para que la viera y éste último la tomó en sus manos y la enderezó de un tirón.

Un conocido, por su parte, usa gafas para leer en el computador. No sé cómo sucedió, pero a su montura le falta una pata. Así las usa todo el tiempo. Tampoco entiendo cómo hace para que no se le descuadren o se le caigan mientras lee. Y esa es la sexta.

Pero tal vez la más insólita de todas haya sido despertar y no encontrar los lentes en la mesa de noche. Buscarlos como un loco y no encontrar nada. Llamar a preguntar si se quedaron donde el amigo visitado la noche anterior y tampoco escuchar respuesta afirmativa. Oír el timbre dos días después, abrir la puerta y saludar al chofer del carro de la basura, quien sostiene el estuche con los lentes guardados allí y dice: “Señor, al parecer esto es suyo, con gusto se lo devuelvo, si me da una recompensa”.

miércoles, 5 de diciembre de 2007

Memorias de un estudiante provinciano (IV)

El otro día hablé con Ignacio y me contó que se bebió el dinero de su mesada. Sin embargo, llamó a su padre y le dijo que lo atracaron cerca de su casa, justo después de salir del cajero. Entonces logró que le enviaran más dinero. Yo no me siento capaz de hacer eso. De hecho, sólo lo pensé una vez. Me habían dado plata para unos libros y estuve tentado a decir que me costaron 30% más. Pero me tembló la boca y no dije nada. En realidad compré los libros, pero también había gastado otro resto en un almuerzo dominical, por lo cual quedé corto de dinero. Pero no me atreví a inventar nada para sacárselo a mis papás. De hecho, completé lo del mes cobrando por escribir los ensayos de historia de algunos compañeros y con eso reuní para lo de los buses y la comida en la universidad. Tuve que trabajar el triple, es cierto y, por eso, la casa está vuelta una porqueriza, pero resolví el problema. Y no me importa haber sacado menos nota que los demás, pues, a la larga, su calificación también es mía. Al fin y al cabo aprendí más. Pero sí me molesta que existan tipos como Ignacio: se la pasan bebiendo y gastando su plata con mujeres, mientras sus padres se rompen el lomo para mandarle más plata. Es más, mi hermano se topó el otro día con su papá, quien estaba muy conmovido y le contó lo del terrible atraco sufrido por Ignacio. “Imagínese que hasta le robaron ese maletincito que le regalamos de grado”, le dijo. “Si supiera que lo cambió por unas libras de marihuana”, pensé.

lunes, 19 de noviembre de 2007

Memorias de un estudiante provinciano (III)

A Martínez lo conocí en un partido de fútbol. Yo iba llegando al área cuando éste me atravesó la pierna y me hizo rodar hasta la zanja que hay detrás de la cancha. Después de eso se armó la pelea, todos repartieron puños y patadas. “Sí están jodidos - dije yo - fue sólo una falta y ya”. “¿Es que acaso no vinieron a jugar fútbol”, dijo Martínez. “¿Cómo esperar jugarse un picado sin recibir ni un golpecito?” Me fui antes de que terminara la pelea. Igual ya habíamos ganado y terminamos segundos en el mini-torneo que organizamos. Después nos fuimos para el billar a tomarnos unas cervezas entre todos los que jugamos. Allá me encontré otra vez con Martínez. Entre copas hablamos de libros, nos hicimos amigos, criticamos todas las clases de la universidad, pagamos la barra libre y jugamos unas cuantas carambolas. Tal vez cincuenta. En esas quedamos cuatro y los demás se marcharon. El dueño del local estaba rematando el negocio y, por diez mil pesos, nos concedía todo lo que aguantáramos a tomar, con una condición: el decidía qué y en cuál orden lo servía. Empezó con un ron de caña, esos de etiqueta barata, y en seguida sirvió piña colada, aguardiente, vino, tequila y no sé qué más. Eso me contaron porque yo perdí la cuenta al tercer trago. Tenía cuatro o cinco cervezas encima más el licor que nos metió el tendero. Nunca me había emborrachado. Todo me daba vueltas. Quise salir a la calle y no pude. Di tres pasos y me fui de bruces contra la mesa de billar. Vomité en el piso y, cuando levanté la mirada, la vi a ella…

- ¿Guerreritos?

- Ahmmm!

- ¡Déjelo que está Borracho! No le haga caso

- ¿Pero alguien lo va a llevar?

- Ahmmm!

- ¡Claro! No ve que no puede ni hablar…

- Ma-ar- tínez Us-ted me llev--a. Podemor llevarla a…

- ¡No creo que Patricia se le pegue viéndolo con esa pinta, huevón!

Patricia dio la vuelta y un Sentra se detuvo al lado de ella. Subió y se marchó sin despedirse. Martínez me cargo como pudo y me echó en un bus con rumbo a su casa…

domingo, 11 de noviembre de 2007

Memorias de un estudiante provinciano (II)


02.

La verdad ya no sé cómo vestirme para salir de la casa. A veces me pongo una camiseta aprovechando el sol que se asoma por el pedazo de ventana de mi cuarto, pero me encuentro con una lluvia torrencial apenas a medio camino hacia la universidad. Es curioso: ésta siempre aparece cuando he olvidado el paraguas. De lo contrario, sólo hace frío. Y cuando salgo arropado hasta las narices, con chaqueta y bufanda, maldigo la canícula que se desata desde las diez u once de la mañana. Para rematar, el calor provocado por mi maleta llena de libros y cuadernos calienta mi espalda hasta que empiezo a desatar un sudor que pronto acompañan mis axilas. Así es como termino maloliente y acalorado. No obstante, el día no siempre termina así. A veces, el agua llega después de la calentura traída por el sol, justo antes de volver a casa. Como no he llevado el paraguas, toda mi ropa -y mi cuerpo hasta el cogote- se empapan de lluvia. Ésta me causa una terrible picazón en todo el cuerpo y, entonces, paso a darme arañazos por toda la piel para sentir, aunque sea, algo de alivio. Cuando entro a casa mojo todo el piso. Tiro la ropa por alguna parte. En lo que menos quiero pensar es en lavarla y en preparar algo de cenar. Me lanzo a la cama, me tapo con las cobijas y enciendo la radio, a ver si la música me consuela. Por eso, casi todos los días prefiero salir vestido de acuerdo con el clima matutino. Si está soleado salgo con ropa ligera y cargo chaqueta, saco, bufanda y paraguas en la mochila. Si está lluvioso salgo arropado con todo eso y cargo un maletín grande para luego tener donde guardarlo. Si sólo está frío, hago lo mismo, pero guardo el paraguas en el morral. ¡Claro! ¡No siempre recuerdo estas precauciones! Si voy de afán (lo cual es la mayoría de las veces) salgo sin detenerme en estos cuidados y entonces recibo la inclemencia del clima. De lo contrario, cuando recuerdo estar prevenido, el clima se mantiene inmutable, mientras yo marcho ‘inmutablemente incómodo’.

domingo, 4 de noviembre de 2007

Memorias de un estudiante provinciano


01.
En mi casa la cena siempre es la misma. Uno tiene que acostumbrarse a olvidar la comida preparada por mamá porque aquí es muy difícil encontrarse con un plato igual o mejor. Claro, a veces, lo de mejor es imposible. Primero, no sé prepararlos. De hecho, nunca había sido consciente de la necesidad de aprender a cocinar. Hasta descubrí hace poco que mi único conocimiento culinario es freír huevos y hervir agua. Y no preparo huevos con cebolla ni tomate. A veces hasta quedan sin sal, pues el no dominar este tipo de procedimientos ocasiona olvidarse hasta de que la comida es sosa. Segundo, si llegara a encontrar un plato con tan buena sazón, me costaría un ojo de la cara, por lo cual jamás aspiraría a pagar por uno. Por eso, la cena siempre es la misma. Y después de borrar de la memoria la comida del hogar, termino yendo derecho hacia el perro de la calle, la arepa con ‘algo’ encima, la lata de atún. Pero no siempre se pueden comprar perros calientes. A veces son baratos, pero conseguirlos implica caminar unas cuantas cuadras de más. Luego, su precio se muestra tan bajo que despiertan poca confianza. Y si llueve, tampoco se puede llegar hasta el cochecito de “La Perrada de Ergar”. Después queda la arepa, pero no siempre se tiene ‘algo’ para ponerle encima y la carne desmechada no es fácil de preparar. Entonces se acaba siempre en el mismo lugar. Siempre, cada mes, después de intentar todas las alternativas, no se llega a concluir una solución diferente a hervir unos gramos de pasta y añadirle una lata de atún. Pero surge el consuelo repentino: “peor es nada”, pienso. Así que meto el tenedor en el plato, con el mayor de los gustos.

En fin, después de probar una comida chatarra u otra, se llega a pensar que aquí no se trata de disfrutar de la cena, sino de comer por obligación…

Espera la continuación de estas memorias...

domingo, 28 de octubre de 2007

El bus de las 4:30

Así es, Señor. Vendo dulces en los buses. Uno en doscientos, tres en quinientos, siete en mil, eso mismo y sólo eso. ¿Por qué? Porque me da la gana. ¿Ha pensado alguna vez si alguien tiene alguna otra razón para vender dulces en los buses? Sí, es verdad. Es posible ganarse unos quince mil o veinte mil pesos diarios en esto. A algunos les va mejor. Pero, la verdad, no me preocupa. Yo no los vería como competencia ¿sabe? Claro, de todas formas mi caso es diferente. Yo no vendo dulces para ganarme la vida. Mis padres pagan mis estudios y mi sustento en esta ciudad. Con algún trabajo complementario que alguien me encarga -pues soy buen estudiante y gracias a ello mis profesores me han recomendado en algunas empresas- suplo los gastos de un universitario normal. No, materiales y fotocopias, no. Eso viene incluido en lo que me dan mis padres. Los gastos de un universitario normal son cosas como cerveza, trago, rumba, taxis y todo aquello que los progenitores de un mal o buen estudiante desconocen. Así que no tendría ninguna razón para pretender robar un bus. A propósito, ¿por qué ustedes detienen a los vendedores de los buses? ¿Por qué nos tiene aquí? ¿Acaso creen que somos una caterva de ladrones? ¡¿Por seguridad?! ¡Por seguridad! Yo a ustedes los he visto cargarse vendedores de buses a macanazos en sus dichosos camiones de policías. Por eso todos corren y se esconden cuando los ven venir. En realidad no creo que haya ninguna orden oficial contra los vendedores de buses, porque seguramente nadie habrá regulado sobre eso. Recuerde que en este país todo debe estar prescrito, proscrito o como se llame para que las supuestas autoridades como ustedes actúen en consecuencia. Y nada se regula si no se demanda, o se necesita un impuesto. Y hasta ahora no hemos sabido si a alguien se le haya ocurrido demandar la venta en los buses por competencia desleal o si, simplemente, hayan querido chantarnos un arancel de cámara y comercio por cuenta de vender 7 dulces en los buses. Sí, señor, ya le dije que soy estudiante. Estoy terminando mi carrera, por lo tanto no soy ningún ignorante, yo sé de estas cosas. ¿Ladrón? ¿Ladrón? Vaya a ver si ustedes tienen idea de quiénes son los ladrones. Y luego dicen que son policías. ¿Cuántos ladrones cree usted que venderían dulces en los buses? ¿Eso no sería contraproducente? Precisamente vender dulces en los buses es una manera más elegante de mentir. De hecho los compradores nunca se sienten estafados y siempre están satisfechos. No hay mejor negocio que éste, pues usted no necesita tener servicio al cliente. Si el lapicero sale malo y no dura más de un par de días, cualquier peatón no juzgará mal al vendedor. “Pobrecito - dirían - igual no tiene más de qué vivir, había que ayudarlo. Mal que bien yo algo tengo y puedo comprar otro lapicero. La verdad lo hacía por colaborarle”. Y lo sé porque muchos de mis compañeros de universidad piensan eso. Entonces póngase a pensar, quién diablos se subiría como vendedor a un bus para estudiar un robo. Sobre todo porque no tendría oportunidad de sacar conclusiones y volverse a subir al mismo bus y encontrar a la misma gente y en la misma posición. ¿Es que ustedes no piensan? Yo he visto a los verdaderos atracadores de buses. Suben. Sacan un arma. Se la ponen a alguien en el cuello, lo intimidad y le quitan, generalmente el teléfono. Dicen que algunos atracan a todos los pasajeros y luego se bajan. Esos llevan armas de fuego, pues un cuchillito no le gana a la cruceta o la varilla de metro y medio del busetero. ¡Ah, entonces terrorismo, me dice usted, que puede estar planeando un atentado, que ustedes no saben qué esté tramando yo! Valiente manera de pensar la suya. “¡Como no lo pude acusar de una cosa, pues chantémosle otra!” No, señor, así no son las cosas. En primer lugar no hay ni conmoción interior para qué usted me detenga por terrorismo por el simple hecho de vender unos cuantos caramelos en un bus. Y en segundo lugar qué tipo de equipo me encontró usted para yo recolectar información sobre las rutas del transporte público. No, no, no. Ni más faltaba. ¿No se les ha ocurrido a ustedes que los terroristas andarán por ahí como pasajeros normales y cuando se bajen irán a su escondite a tomar nota? Si fuera terrorista, vender dulces en los buses jamás se me pasaría por la cabeza… … ¿¡24 horas!? ¿Qué eso es lo mínimo? ¡Señor, eso es injusto! Mañana tengo un examen, déjeme ir, ¡yo no he hecho nada malo! Sí señor, eso digo, no estoy necesitado. Es la verdad. No soy ningún mentiroso. ¿Es difícil de aceptar? No paso necesidades, no hago esto por beneficio económico. Ya sé, ya sé. Me lo ha dicho cientos de veces. Ese argumento es muy sospechoso. Pero ustedes jamás entenderían. Está bien, está bien. Vendo dulces en los buses. El dinero no me interesa. ¡Déjeme terminar, aunque sea! No me interesa el dinero. Siempre tomo la misma ruta, es verdad. No la cambio. Subo y bajo en un Unicentro, desde la avenida 19. Se va por la séptima, de los que cuestan mil cien pesos. Unos buses grises, con una franja verde y otra amarilla. Tienen los conductores peor educados de Bogotá. Cuando un pasajero da un timbrazo de más, pidiendo la parada, se detienen, abren la puerta y clavan su mirada en el espejo de la escalera de descenso. Cuando el pasajero está a punto de convertirse en transeúnte y tiene un pie en la calle y otro en la escalera del bus, aceleran para que éste se golpee. Lo tomo a las 11 de la mañana los martes. Los demás días a las 4:30, excepto el lunes, porque mi horario no me lo permite. Hago dos viajes, generalmente con la esperanza de encontrar lo que busco: una mujer. La vi por primera vez en ese bus. Es hermosa ¿No cree usted en el amor a primera vista? La he escuchado hablar por teléfono celular con sus padres o algún amigo. De ahí deduje que tiene un corazón noble. Siempre quiere ayudar. Estudia en los Andes, según sospecho. Su rostro, sus labios, sus ojos y su cuerpo me encantan. Es una composición perfecta. Ternura y belleza. Parece sacada de algún cuadro fantástico. Pero sólo la vi dos veces. Tomó mi mismo bus en la primera ocasión. Yo lo había abordado en la Colina Campestre. Ella se subió cerca de Unicentro. Y yo siempre había esperado toparme con una mujer así en el bus. Siempre imaginé que la casualidad alguna vez me reservaría la oportunidad de sentar a una mujer hermosa junto a mí en el bus, en un viaje de una hora, o tal vez más. Entonces yo le hablaría, nos gustarían las mismas cosas y hasta acordaríamos salir. Pero ella también tuvo la oportunidad de elegir y prefirió el asiento diagonal a mí banca, que también estaba disponible. No voy a su misma Universidad, pero sí a una cercana. Por eso supe dónde estudiaba. La segunda vez que la vi, ella estaba tomando la misma ruta de bus, pero de regreso. Era la misma que tomamos la vez pasada. Pasaron otras similares y con puestos disponibles pero no los escogió, porque estos buses grises son nuevos y más cómodos. Yo corrí a tomar el mismo bus, pero no lo alcancé. Entonces la vi partir hacia el norte con su mirada clavada en el cielo a través del vidrio del costado derecho del vehículo. Desde entonces decidí buscarla. No sé si seré capaz de hablarle cuando la encuentre. Pero la busco. Y no encontré mejor recurso que vender dulces en los buses.

¡Muy buena foto la de Chocolate_buttons! Espero también me disculpe la copiada. Pueden visitar su flickr en: http://www.flickr.com/photos/picturingsongs/ También me traje una de www.busesdebogota.com


sábado, 27 de octubre de 2007


Conversación de Messenger

-Tonces!

-Qué más!

-Vamos a ir a almorzar o qué?

-Ya?

-Chino, necesito comer rápido

-Comer rápido o salir temprano?

-No entiendo

-Pues si quiere ir a indigestarse y embutirse toda la comida de un trago, no cuente conmigo, pero si quiere que salgamos temprano, es decir, antes de la una, lo acompaño

-Jajaja. - No fresco, temprano

-Oiga tengo que comentarle una cosa

-Soy todo oídos

-Bueno, será ojos, porque no quiero conectar el micrófono, así que le tocará leer

-Jajaja - dígame entonces

-Habló con esta vieja?

-Cuál?

-La de ayer

-(Muñequito)

-???

-(Muñequito, Muñequito)

-No le entiendo

-Ud. Cómo sabe eso

-(Muñequito)

-Qué pasó

-Pues yo estaba con Ud.

-(Muñequito) - Nooooooooo! A qué horas. Yo me fui solo

-Yo llegué al billar, no se acuerda?

-Uy! yo estaba muy peo

-Quéééééééé?

-Borracho

-Ah….

-Yo no me acuerdo de nada. Pero esa vieja amaneció en mi cama

-Cómo así!!!!?

- Yo no sé! Pero estaba ahí desnuda y yo también...

-Nooo! Ud. Cómo ...

-(Muñequito)

-(Muñequito)

-(Muñequito, Muñequito)

-(Muñequito)

-Jajajaj! - De dónde sacó ese

-Un amigo lo tenía. Yo no sé de dónde es que se los bajan

-Eso es un misterio. Mire estos que tengo yo - (Muñequito, Muñequito, Muñequito, Muñequito)

-Jajaja! Ese tercero está bueno

-Y párele bolas a éste (Muñequito)

-Ah! No, ese es Ud. Así estaba anoche

-Uy sí! Y qué dirá la jefe?

-Pues no creo que cuente que amaneció con Ud.

-Ella qué le dijo?

-No, yo no soy capaz de hablarle

-Y no le hable a nadie de la oficina porque ya todo el mundo sabe de su mal gusto. Jajaja!

-Grave, loco. Ahora sí ya no me para bolas la monita

-Jajaja! Y terminó con el novio ayer

-No jodás!

-Para que vayás viendo!

-Bueno qué hora es

-Toca almorzar, vamos o qué?

-Listo, oiga, de quién es este libro que está acá

-Es mío, lo que pasa es que se corrió de mi escritorio y le invadió el suyo, qué pena, ala!

-Ah! Entonces tome pa’llá!

-Uhmmmm! Mijo, pero usted ayer regó café y mojó hasta mis papeles y no dijo nada!

-Camine, pues!

-(Muñequito)

-(Muñequito)

-“X amigo” aparece como no conectado

-(Cerrar cesión)

Prueba

Estoy realizando algunas pruebas para volver... Published with Blogger-droid v1.3.4